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21 dic. 2007

La nota de Rosa

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Con el tono seco y aguardentoso que caracterizaba su voz, Sistiaga se dirigió a Rosa, la regente de la librería. Su disimulada discreción no había sorteado el instinto policial del comisario. Sistiaga, de reojo, había advertido fácil el cruce cómplice de miradas con Pablo, cuando el joven periodista atravesó el umbral de la puerta de la vieja tienda de libros. De nada le sirvió a Rosa parapetar su rostro tras la última edición 'El holocausto de los republicanos españoles' de Eduardo Pons

–Señorita, el caballero y yo vamos a entrar al almacén–, le informó Sistiaga tras soltar el libro en la estantería.
–Está en su casa, señor comisario–, replicó Rosa desde el mostrador con su transparente acento leonés.

El agente, mirando a Pablo, arqueó sus cejas para cederle el paso. Pablo accionó lentamente el oxidado pomo de la puerta. Los recuerdos poblaron su mente y un incómodo cosquilleo inundó su mano derecha. La última vez que atravesó aquella puerta no esperaba encontrar a Laura amordazada y maniatada de manos y pies. Fue la misma la misma noche en la que un basurero descubrió en un contenedor de plaza Nueva el cadáver de Lindsay, la estudiante Erasmus que vino de Denver (EE UU).
Sistiaga tenía más cosas que hacer y se lo hizo notar al periodista.

–Bueno, repasemos todo desde el principio. Pero rápido que mi tiempo es oro y hoy, además, viene el ministro, no sé si lo sabe–, apuró.

Todo estaba igual en la achacosa trastienda. Pablo no quiso impacientar a Sistiaga y en apenas cinco minutos reeditó la escena.
–Bien. Y dice usted que el encapuchado salió por aquella ventana, ¿no es así?–, inquirió el comisario.
–Sí señor–, contestó Pablo con firmeza. Él, al igual que el agente, quería salir raudo de allí.

Al abandonar el almacén, Sistiaga descubrió de nuevo a Rosa disimulando su curiosidad.

–Muchas gracias por su colaboración, señorita. No volveré a molestarla más–, indicó Sistiaga mientras estrechaba la mano a la propietaria de la librería.
–Vuelva cuando quiera, comisario. Para mí no es molestia ninguna. Y usted, también, caballero. Aquí tenemos libros muy interesantes para un joven y apuesto periodista como usted–, respondió coqueta Rosa al estrechar la mano de Pablo.
Por fortuna, Sistiaga ya se había dado la vuelta cuando la librera hizo aquel gesto y entregó a Pablo el 'post it' doblado.

–«Cierro a las dos. Nos vemos a las dos y media en el bar Candela, en la calle Pavaneras. Te invito a comer en el Hicurí, justo enfrente. Laura ya sabe que has vuelto»–, rezaba la nota.

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Este breve capítulo es mi aportación al relato colectivo bloguero que se ha iniciado en El Jardín de Bomarzo.

El capítulo anterior al mío, cuyo autor es Paco Torres, se puede leer aquí

La 'Historia sin título' sigue su curso. ¿Qué pasará al final? No te lo pierdas. Continuará...

2 comentarios:

Rompetechos dijo...

Un gran capítulo amigo.
Gracias.
Bomarzo.

Calabré dijo...

intrigante si señor...para cuando la próxima entrega??

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